El tren de los enanitos. Origen

Ilustración: Alicia Comes


La idea surge en casa de mis abuelos de Madrid. Había unas puertas muy grandes de corredera, y en una de ellas, que unía el comedor con el despacho, tenía una puertecita en el rodapié del salón-comedor. Este registro, en un principio, era solamente para poder limpiar los raíles de las puertas correderas.

Al abrirse se podía ver como un túnel con dos raíles por los que se desplazaba la puerta en cuestión. Aquella puertecita y aquellos raíles inspiraron a mi abuelo a pensar que podía convertirlos en una nueva ilusión para sus hijos, haciéndoles creer que aquella compuerta, al abrirse, se convertía en una estación de tren y por esos raíles  pasaba un trenecito que llevaban unos enanitos muy generosos a los que si les dejaban un dibujo, manualidad o escrito de cualquier índole, ellos obsequiaban a los niños con cualquier detalle pequeñito (golosina, juguete, muñeco, etc.). Aquellos niños (mi padre y mis tíos) tenían en aquella compuerta, sin a priori más misterio, una nueva ilusión que les hacía sentirse felices cada vez que recibían de los enanitos uno de esos detalles, aparentemente sin mucho valor, pero que para ellos les convertía en unos seres muy afortunados pensando que se los habían traído aquellos enanitos. Para decir mejor, para ellos la emoción empezaba desde que hacían el dibujo o le escribían unas letras hasta que, al día siguiente se levantaban temprano para, lo primero, ir al salón-comedor y abrir la puertecita y comprobar si los enanitos les habían traído algo. Daba igual lo que fuera, ellos se sentían felices y con esa cara empezaban el día de la mejor manera posible.


Esta ilusión duró en su mente hasta que dejaron de ser pequeños y perdieron la inocencia al enterarse quién eran los Reyes Magos, pero fue una etapa muy bonita en sus vidas, y a ello contribuyó seguro aquella compuerta que en un principio sólo servía para poder limpiar los raíles de aquellas puertas correderas y así correr por ellos con fluidez.